lunes, 1 de agosto de 2011

De fraternitas, sororitas y "la cosa de la liberación"

“¡Malditos tiempos de total falta de fe!
Los hombres, faltos de virtudes, no quieren mejorar.
Alejados de la santidad,
el extravío los corroe hasta lo más hondo.
La verdad se ha oscurecido y reina en ellos el demonio.
Abundan los malvados y enemigos de la verdad.
Y sienten la desazón de tener que escuchar
las enseñanzas directas de Aquel que está en ellos,
incapaces como son de acallar ni apagar su voz.
(Maestro Joka, Himno de la experiencia de la verdad, Año 800)

“Nihil sub sole novum”
(Eclesiastés 1, 9)

 “Sueño con encaramarme
a sus amplios miradores
para anunciar, si es que vienen,
tiempos mejores”
(Joan Manuel Serrat, El Horizonte)





Ahora que los verdugos van consintiendo, de una manera hábilmente estudiada y premeditada, y en dosis finamente calculadas, que sus víctimas tomen conciencia de forma analgésica y paulatina de cómo los especuladores financieros, auténticos yonquis de la voluntad poder -así como de otras sustancias y delitos-, han neutralizado durante años a la soberanía ciudadana, al poder legislativo, e incluso a las élites científicas y académicas, con el fin de dar rienda suelta a su ansia de enriquecimiento sin escrúpulos y convertirnos en los pertinentes chivos expiatorios de una crisis que no conoce fronteras, parece un buen momento, quizá, para reflexionar sobre el tan cacareado fin de los tiempos.

Ahora que el pan escasea y que la oferta circense –de tan manida y recurrente- se muestra falta de estímulos suficientes a la hora de conmover nuestros instintos más primarios y ha perdido en buena parte su eficacia a la hora de manipularnos-anestesiarnos-distraernos, no creo que la “pose de indignación” –cool trend do las haya- contribuya en modo alguno a refinar nuestro acercamiento a la realidad de las cosas ni proporcione el grado de distanciamiento necesario para alcanzar la verdad, tal y como ya nos recordaba en Sobre la Vida Feliz (2, 1) Lucius Annæus Séneca: “Vulgus veritatis pessimus interpres . Y no digamos, para remediar las cosas.





Es hora de enfrentarse a toda esa vorágine intencionada de sufrimiento y confusión, tomar las armas (del discernimiento) y emprender –una vez más, querido Arjuna- el combate (interior). Porque sólo con las armas (del discernimiento) y asomándonos sin miedo a nuestro interior y a la permanente (e ilusoria) batalla que en él se libra, entre las incansables fuerzas de la irrelevancia y el tenaz anhelo de nuestro corazón, cuando podremos emprender de una vez por todas, con seriedad y eficacia, la irrenunciable tarea ontológica –que no psicológica- del auto-conocimiento y cambiar, de este modo, definitivamente las cosas. Y es entonces, y sólo entonces, cuando tiene lugar el verdadero “fin de los tiempos”.

Desde ese Apocalipsis (revelación) resulta posible recuperar de nuevo la sencillez de vivir, y, desde esa sencillez conquistar y recuperar entonces nuestra naturaleza más esencial, según la entienden y en la que coinciden toda la cohorte de ateísmos y las mas variopintas formas religiosas tradicionales: la quietud.



Cuando perdemos contacto con la quietud interior, perdemos contacto con nosotros mismos. Cuando perdemos contacto con nosotros mismos y la conciencia que somos, es entonces cuando nos arrebata el mundo y su maraña de ilusiones, cuando “nos llevan los demonios” y se ceban –a placer- los depredadores.

Y en la quietud, el silencio. Un silencio que impide a la mente distraerse fluctuando entre sus interminables contradicciones. Un silencio que sencillamente contempla. Desde el que resulta posible sostener y perseverar en una vigilia serena capaz de hacer saltar por los aires el milenario “egregor patriarcal” que llamamos civilización y devolver nuestra atención al presente.



No nos engañemos. Sabemos de sobra que la verdadera civilización está en la amabilidad, en la sencillez, en la quietud. En aquietarse. Mirar cuanto aparece frente a nuestros ojos desde esa Conciencia que somos y que sólo aparece en el aquietarse, y en aceptar (que no resignarse a) la forma actual de las cosas. Y esa aceptación, que nace de la quietud interna, por extraño que parezca, es la que resulta verdaderamente transformadora. La que esconde (en donde nace) la creatividad e inspiración que necesitamos para dar solución a los problemas. A los verdaderos problemas, y no a los que se crean de una manera artificiosa para distraernos con cortinas de humo. La que nos otorga aquella simplicidad que nos permite apreciar las cosas como son, aceptar los retos y desafíos tal cual nos los presenta la vida, y la que nos proporciona el valor necesario para dar saltos en el vacío, con la certeza de que sólo en el vacío tiene lugar lo posible, lo aún inmanifestado, la utopía, la Jerusalén Celeste… que todos añoramos.

Todas las formas, habidas y por haber, todos los mundos posibles, incluso el que ahora tenemos la suerte de disfrutar, salieron de ese vacío al cual estamos irrevocablemente llamados a asomarnos tarde o temprano. Nadie puede hacer eso por nosotros ni vendernos recetas pre-fabricadas. Ni siquiera la que promueve esta reflexión.



La quietud, esa quietud inalienable y desde la que verdaderamente somos, es la única cosa de este mundo que no tiene forma. Pero en realidad no es una cosa, y tampoco es de este mundo. Cuando miramos un árbol o a otro ser humano desde la quietud, ¿quién está mirando? Algo más profundo que nosotros mismos. Allí donde la tierra y el cielo se encuentran, la conciencia está mirando a través nuestro su propia creación. Dios creó el mundo (y todavía sigue haciéndolo, por más que les pese a los mercados que pretenden usurpar su puesto) y vio que era bueno, desde la quietud. Eso es lo que ves cuando miras sin pensamiento, cuando contemplas desde la quietud interior.

¿Necesitas más conocimiento? ¿Crees que disponer de más información mediatizada, u ordenadores más rápidos, o más análisis científicos e intelectuales van a salvar al mundo? ¿No te parece que ya han pasado por la humanidad suficientes mesías, científicos y pensadores, como para que las cosas estuviera hace ya tiempo arregladas? Quizá debiéramos sustituir los bits de información por “perlas” de sabiduría.



Pero ¿qué es la sabiduría? ¿Dónde se encuentra? La verdadera sabiduría viene cuando uno es capaz de aquietarse. Sólo mira, sólo escucha. No hace falta nada más. Aquietarse, mirar, escuchar y aceptar activa la inteligencia no conceptual (incondicionada) que anida en cada uno de nosotros. Deja que sea la virtud (entendida como capacidad real de acción) heroica que nace de la quietud interior (no confundir trapaceramente con inmovilismo) la dirija tus pensamientos, tus palabras y tus acciones. Desconfía de tu ego, de sus sutiles condicionamientos, manipulaciones y disfraces, incluso aquellos supuestamente libertarios. La liberación –esa que nos descubre y nos permite reconocernos verdaderamente como hermanos y hermanas ad origen, más allá de toda obediencia y filiación profanas- es, afortunadamente, otra cosa y no está sujeta, a Dios gracias, a ninguna clase de intereses o fines particulares.

¿Indignación? No, gracias. Lo que necesitamos ahora es virtud. Que seamos héroes en la medida que seamos capaces de aquietarnos y dejarnos atrapar por ese “sueño consciente” capaz de arremolinar toda nuestra voluntad en torno a él y, lo más importante, atrevernos a vivirlo (realizarlo) sin miedo. Tarea de dioses ¿no crees? Rescatar en nosotros la Virtud: No es otra cosa la Tradición. Tal vez algún día nosotros también podamos llegar a decir con Arjuna y después permanecer en silencio:




“Desvanecida queda ya toda confusión mía.
Por tu gracia, oh Señor inmortal, he recibido la iluminación.
Firme mi fe y disipadas mis dudas puedo decir:
Hágase Tu Voluntad”
(Bhagavad Gita, 73)

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