lunes, 1 de agosto de 2011

El recelo de Ulises

"…et ait ei tibi dabo potestatem hanc universam et gloriam illorum
 quia mihi tradita sunt et cui volo do illa"
(Lucas 4, 6) 

“κα μ εσενέγκς μς ες πειρασμόν,
λλ ῥῦσαι μς π το πονηρο.”
(Mateo 5, 1-12) 

“Ahora que se desarraigó en él todo extravío,
resplandecen en mi corazón la Verdad y la Justicia.
Con ese anhelo mitigué el dolor de los que sufren,
sentado a mi mesa, así se sació el hambriento
y en mi abrazo pudo encontrar consuelo el afligido:
¡Soy puro!, ¡Soy puro!, ¡Soy puro!”
(Uep-rá, Libro de La Salida a la Luz del Día)



De poco le hubieran servido en aquella ocasión cualquiera de sus notorios mil ardides. Sin la providencial misericordia de Atenea, el riguroso mandato de Zeus (¿cómo si no?) y la no menos oportuna intermediación del alado Hermes, Calipso -en su vampírica y mezquina obcecación- se hubiera seguido negando a liberar al ya casi exhausto y malogrado Ulises de su tan prolongado cautiverio de casi dos años en Ogigia, para dejarlo partir al fin de vuelta a su añorada Ítaca. Siempre se ha dicho que a los mortales –que nos gusta soñarnos libres- nos resulta harto difícil eso de acabar de romper nuestros vínculos. Al menos, no resulta algo del todo imposible, gracias a (merced a la intervención piadosa de un) Dios.

Cuando tomó consciencia de que su barco se alejaba de aquella isla, cuyo nombre ya casi no recordaba, sintió como si –por primera vez- regresara a su cuerpo la vida y, mecido por el rumor amable del un mar amigo que le devolvía a casa, trató de sentir en toda su intensidad aquella hermosa luz bajo la que renacían sus ojos, el intenso sabor del regreso y –como si fuera real- reconocer eterna la gratitud de ese momento. Toda vez que fue capaz de recordar de nuevo su vacuidad y precariedad esenciales, abiertas de par en par las puertas del Jardín y traspasado el que en otro tiempo fuera umbral cotidiano, Ulises, cansado y avergonzado por tanta energía derrochada, cual hijo pródigo que retorna a casa en pos de su naturaleza primordial, aguardó inquieto el abrazo misericordioso, íntimo e infinito del Padre, tras las bendiciones y pormenores de tan largo viaje.




¿Cuántas veces nosotros, enrolados a la fuerza en este confuso y abrumador tránsito por los mundos intermedios, no habremos añorado también abrir de este modo esencial nuestros ojos y, desde el Silencio interior, reconocer de nuevo las señales que necesitamos para regresar, para lograr volver -una y otra- vez a casa?

Permanezcamos en ese Silencio, descubramos sin miedo la sabiduría que guarda, aquella que nos permitirá apreciar la inmensa Misericordia en el cumplimiento obligatorio –amado, no renegado- de la travesía de nuestra vida. Pidamos al Eterno que abra nuestro corazón para que, durante el viaje, podamos llegar a ser auténticamente humanos.  Tiempos convulsos en los que no nos resultará nada sencillo discernir la mentira de la verdad, lo real de lo accesorio, sobre todo si consentimos que nos sea arrebatado el Silencio. Ese Silencio no es el mapa sino el verdadero tesoro.



Tras su partida de Ogigia, Ulises despertó a la mirada y a la vida del Corazón, allí donde el regreso al hogar no es sólo posible sino obligatorio, necesario, sin nada que nosotros podamos realmente llegar a hacer –afortunadamente y gracias a Dios- para estropearlo, para poder evitarlo, para remediarlo. Por el poder del Silencio la piedra muerta renace, a través de Su Aliento, la arcilla se llena de conciencia por vez primera o, lo que es lo mismo, regresa de nuevo a la verdadera Vida:

Confío ya, rodeado y protegido por mis divinos guardianes:
Los hechizos de Toth desatan las ataduras que Seth anudó sobre mis labios.
La pericia del cincel de Ptah abre al fin mi boca
para que sea Uno entre los dioses.
Atum me brinda las suyas como nuevas manos.
Soy Sejmet-Wadjet, habitando el oeste del cielo,
Soy Sahyt entre las almas de On.

Después de todo, quizá no esté de más recordar que en el Silencio de Su Presencia, el alma es -al fin- quietud: “κα φες μν τ φειλήματα μν…”



domingo, 10 de julio de 2011

Itaca (al fin)

Hay piedras de las que brotan arroyos;
y otras que cuando son quebradas mana de ellas el agua;
y otras que se vienen abajo por temor de Dios.
¡Y Dios no está desatento a lo que hacéis!
(Qurán, 2-74)



Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
(Gracias, maestro Kostantinos Kavafis)

jueves, 26 de mayo de 2011

Noche Mágica

“No todos comprenden esta palabra,
sino aquellos a quienes les ha sido dado”
(Mateo 19, 11) 

“Quiera Dios que
las gentes dóciles y sensatas encuentren aquí útiles lecciones;
las gentes profundas y reflexivas, el recuerdo de sus obligaciones;
y todos ellos, al fin, instrucciones saludables”.
(Azz al-Dìn al-Muqaddasî)

 “¡Cuántas noches has desgarrado el velo de las tinieblas
con ayuda de un vino que brillaba como un astro!”
(Ibn al-Sid)



El hombre tiene conciencia del discurrir del tiempo, y ello le causa una inquietud profunda, pues, su imparable sucesión representa el cauce en que se revelan, despliegan y realizan los designios divinos, en él se sabe sometido a la ley del cambio, abocado a la impermanencia, a la decadencia y a la muerte.


Los seres humanos aislamos y sacralizamos ciertos momentos del devenir en el que nos reconocemos inmersos, para –de alguna manera- intentar detener su angustioso e imparable transcurso, para conjurar su aterrador paso. Mysterium tremendun, el Cronos que nos degrada muestra la distancia inconmovible de lo numinoso, de lo “absolutamente otro”, capaz de suscitar en nosotros un cierto sentimiento de horror, de lo que es a un tiempo pavoroso y lo fascinante.
Durante nuestra inmersión en los ritos solsticiales, nos adentramos osados en el terreno de lo inefable, atravesamos fronteras que están mucho más allá de las palabras, de modo que éstas sólo pueden abrir puertas que el corazón tiene que explorar después en territorios donde es el silencio el que llena todo con su poder tan hermoso como terrible.




Agotados por el tedioso y frustrante esfuerzo cotidiano de transformar el ego desde el mismo ego, la acción ritual nos situar a este, al intelecto y a nuestras emociones en una perspectiva mucho más correcta, arrastrándolos a las inconmensurables simas del corazón.
En ayunas, a la hora nocturna, en compañía de buenos amigos, dejamos por un día que las llamas purificadoras consuman amorosas los costras que aprisionan nuestra alma, las compulsiones familiares del ego: sexo, riqueza, y poder. Con su cálido abrazo se restaura nuestro corazón, se remueven de él los espejismos ilusorios, se cura el dolor de sus heridas y se restauran las fuerzas perdidas. Al minimizar nuestras distorsiones psicológicas, logramos sobreponernos a la esclavitud de lo que nos atrae, y ver más allá del velo de nuestro egoísmo, nos hayamos preparados para entrar en contacto con la realidad Divina del Amor. Sin el poder del Amor, sólo podemos seguir dócilmente a nuestro ego y sus deseos mundanos, permanecemos escindidos, fragmentados, disociados de nuestro propium esencial, nos distraemos y dispersamos en la multiplicidad.




Cuando podemos centrarnos y centrar nuestra atención en la presencia de la Realidad Divina, contemplando el danzar cautivador del fuego sagrado y enfrentados a las llamas de su misterio con la mente aquietada, al súbito aparecer y desvanecerse de una belleza efímera y ardiente, no sólo nos unificamos en nuestro corazón, también reconocemos nuestra unidad con la totalidad de la Vida, arrastrados por el irresistible poder de lo que no deja rastros. Así unificados, suspendidos simultáneamente en el umbral entre dos mundos tan mágicos como irreales quizá nos sentimos un poco más completos.
Obnubilados todos nuestros sentidos por el la caricia nocturna de ese fuego exterior, bálsamo ardiente que al tiempo que adormece nuestro anhelo, enciende y excita el escondido fuego interior de la rosa del corazón que -así despertada- se abre y también nos despierta.  Disuelta al fin la separación, de un modo inexpresable sentimos al fin como todo el Universo responde a Su amorosa llamada, ejecutando la partitura obedientemente. Y bañados así por el fuego inefable que emana de la Fuente divina, permanecemos por un instante unificados con la Totalidad y la abarcamos en una suerte de embriagadora lucidez omnisciente.
Como certeramente señalaba Ibn Arabí (Futuhat al-Makkiya II, 532-30), durante nuestra participación en la acción ritual, experimentamos las cualidades espirituales de la Presencia como la inmersión y fluctuación a través de muchos estados de relajación y abandono en los que el corazón anhelante se expande y revive.
En su amoroso fluctuar, la rosa del corazón, sede esencial del anhelo, mediante la constante intoxicación de expansión y la aridez de la contracción,  comienza a captar la Realidad Divina y llega a conocer la Belleza esencial, el Anhelo tras todo anhelo, a través de todos los cambios de estado: “el que me ama no cesa de aproximarse a Mí hasta que Yo lo amo, y cuando Yo lo amo, Yo soy el oído por el cual oye, la vista por la que ve, la mano con la que trabaja y el pie con el que avanza.”


Atraídos por el envite seductor de la multiplicidad y en conflicto con ella, nuestros egos fragmentados afrontan muchas situaciones vitales ambiguas. A la hora de abrirnos a las sutilezas que promete cualquier vía de desarrollo espiritual ¿cómo podemos tener la certeza de que no estamos siendo arrastrados por un deseo oculto de nuestro yo falso sino que, por el contrario, estamos siguiendo la guía magisterial de nuestro corazón?
El discernimiento, fruto precioso del uso sabio y consciente de nuestra razón, resplandece toda vez que somos capaces de limpiar el espejo del corazón de las distorsiones cognitivas y emocionales, de los rígidos patrones de la compulsión, de las actitudes defensivas y de los sortilegios de la ilusión y el autoengaño, despertando aquellas cualidades que más cauterizan el ego al tiempo que nos sanan, liberando nuestra alma: la humildad, la gratitud y el amor.
Sólo terminaremos de sentirnos realizados cuando consigamos vivir de manera consciente desde este espacio ilimitado del corazón. Instalados así en una suerte de Universo Misericordioso y Compasivo, todo cuanto nos suceda, nos sucederá inmersos en el interior de este Afecto ilimitado. Incluso la sordidez de nuestras habituales preocupaciones cotidianas, nuestros más vergonzosos y pequeños deseos, la agotadora turbulencia que a un tiempo agita nuestros pensamientos enredados y nuestras mezquinas emociones, serán vistas entonces desde un contexto –realidad túnel- más integrador y amplio.
La puerta de los dioses se alinea vertical sobre la de los hombres. Ambas se reúnen, al calor del rito, en el fugaz transcurso de esta noche mágica, en el centro del corazón. Noche sagrada para conjurar y expulsar –al menos durante un tiempo- los vampíricos demonios seductores de la manifestación. Cualquier cosa a la que incautos le entreguemos nuestra atención, cualquier cosa que mantengamos en este espacio de nuestra presencia, habrá de traspasarnos así sus cualidades. Toda vez que entreguemos nuestro corazón a la multiplicidad, este quedará así fragmentado y disperso. Si, por el contrario, entregamos nuestro corazón a la unidad espiritual, en ella encontraremos un confortable vaciamiento, la paz y el sosiego que nos mantendrán unificados.




Así purificado y transformado, verdadero trono del Espíritu, nuestro corazón abierto será guiado cada vez que saltemos hacia el Infinito, desafiando la caricia de las llamas y el rescoldo amenazador de las brasas. Ya no seremos los de antes, ciertamente algo habrá muerto tras el abrazo del fuego, pero de alguna extraña manera tendremos la certeza de ser ahora más humanos.
La cálida brisa nocturna de San Juan, mensajera fiel de los peregrinos amantes, transporta en la dulzura y molicie de sus alas los ardientes suspiros de aquel a quien agita la enfermedad de la añoranza, y pone certero remedio a sus males, volviendo más violento el fuego del amor y acrecentando, con ello, su anhelo y sufrimiento. Para aquellos que gozan del favor divino, su aliento perfumado anuncia todo aquello que ordinariamente permanece inaccesible a las miradas más ávidas: la proximidad al lecho nupcial, el resplandor arrebatador de la belleza del rostro bienamado, la promesa del reencuentro y el abrazo.
Encuentro nocturno y misterioso. Danzando con el fuego, en la noche más breve de las noches, el inflamado corazón del iniciado no se quema. Lleva sobre sí la humedad profunda de la tierra y sobrevive a la combustión de la luz entre las cenizas. Sus llamas purifican, hasta donde alcanzan, el borde mismo de su alma, transformándola en aquella copa milagrosa cuyo cristal refleja iridiscente el secreto del mundo, aquel “jardín en medio del fuego” en la grácil Noche de San Juan. No temamos las llamas purificadoras de la hoguera, sino al olvido, que es quien realmente amenaza al enamorado que aguarda cual gota de agua bajo el sol de media tarde:



“¿Me afligiré acaso por mi caparazón cambiante y por la llovizna,
cuando las flores del ciruelo me llaman así a la vida?
¿Me alegraré por la elasticidad de mi piel y por el sol ardiente,
cuando las flores del manzano me reclaman a la muerte?
Pronto mi propia densidad me alejará de estos polos absurdos.
Seré mi propio reflejo en la conciencia abstrusa.”
(Louis Cattieux, Poemas del Antes)


viernes, 20 de mayo de 2011

Conium Maculatum

“Primero sed hacedores de la Palabra,
y no tan sólo olvidadizos oidores,
engañándoos a vosotros mismos”
(Santiago 1, 22)

“Conociendo primero el temor de Dios,
procuremos después ganar a los hombres”
(2 Cor 5, 11)

“El mundo es como ese campesino borracho que
cuando se lo ayuda a montar en el caballo desde un costado
se cae por el otro”
(Lutero)





Atenas,  año 399 a.E.C. El potentado Anito, en representación de políticos y artesanos, el orador Licón y el poeta Melito, fueron de aquel prestigioso tribunal los certeros fiscales. 360 contra 140 votos, triunfó una vez más la precisa máquina democrática.

Coronada de pequeñas flores blancas agrupadas en umbelas terminales y abrazada en toda su extensión por hojas alternas tripinnadas que –al ser arrancadas o machacadas- desprenden peculiar olor a ratón, el conium maculatum es una hermosa herbácea de tallo alto, acanalado y ramificado con manchas violetas en su base.

Al apurar la infusión de sus disquenios mezclada con vino, primero sintió desvanecerse su razón. Luego, en el sopor del mareo, el espeso derramarse de la saliva tras el debilitamiento de sus labios, y el estertor de las nauseas en un cuerpo que, brutalmente anestesiado y frío, ya se negaba a moverse. Aún sintió el angustioso enlentecerse de un corazón que finge extinguirse, para matarle poco después disparándosele. Critón, uno de ellos, amorosamente le cerró los ojos y la boca.

Quiero rememorar en estas líneas la noble actitud de aquel sencillo sabio de la Antigüedad que, acusado ante la polis de negar la existencia de los dioses de la ciudad, obrar contra sus leyes y subvertir a la juventud, rechazó bello y bien hecho discurso que para su defensa le ofreció Lysias: “He cumplido setenta años y no me parece apropiado aprovecharme del arte de un orador”. Saber perder –sacrificar- una vida seria (consagrada a Dios) en lugar de ceder a la tentación de conservarla, prostituyéndola con la ayuda del Ars Oratoria. Preservar veinte años de ocuparse en pensamientos, representaciones y conceptos, y querer compartidos en mayeútico diálogo a quien tuviera a bien coincidir con él en el ágora ateniense, sin ceder a burlas ni ataques. En esta hora aciaga, permíteme así presentar mis respetos a aquella vida que supiste vivir en seriedad hasta el fin, maestro menospreciado, ayer y hoy tan admirado como incomprendido. Gloria a ti, que supiste renunciar a los brillos de la falsa elocuencia y ser fiel ejemplo del “oro verdadero”.






La Escritura nos recomienda que nuestro hablar sea un sencillo “si” o un sencillo “no” (Mateo 5, 34-37), invitándonos a fijar nuestra atención sobre todo en actuar en coherencia con lo dicho. ¿Quién se atreve a dejar que su vida se exprese, aún que sea enmudecida, con una suerte de elocuencia más fuerte, verdadera y persuasiva que el arte de todos los oradores?

Quizá no damos la talla y, aprovechando el extravío pasado para alcanzar un nuevo extravío, tengamos que contentarnos con la posibilidad de esgrimir una vida más cómoda y duradera, tibia, demasiado consentida, apegada a las vanidades del mundo, que asumir los riesgos y la severidad insoportable de aquella que se pretende más seria.

De este modo, ya no será necesario sufrir la inquietud de tener que elegir entre el esfuerzo de realizar buenas obras, que acaben siendo redituables en forma de merito espiritual o, por el contrario, abolir del todo las obras, abandonándose a la pereza, perdón, quería decir a la gracia (¿en qué estaría yo pensando?).

Y sin embargo, la iniciación es algo inquietante. Conseguir expresarla con bellos cantos es un claro asunto de poetas, que no de iniciados. Conseguir simularla, incluso con enternecidas lágrimas, negocio de buenos actores, mas no de iniciados. Como ocurre con la fiebre, la iniciación se siente en el pulso de tu vida, para el que sabe reconocerla, esta no puede ser fingida o siquiera negada.




La iniciación, ese algo sin duda inquietante, no se practica únicamente en los templos y santuarios que se hayan esparcidos por esos mundos de Dios, ni es representada únicamente por el Oráculo en las “horas silenciosas” de los ritos. Antes bien, esta se testimonia y manifiesta en la heroicidad de la asumir la verdad en la propia vida.

Hay una realidad dada; la hay por cierto a cada instante. Los miles y miles y millones de “profanos” van cada uno a lo suyo: el político se ocupa de lo suyo; el funcionario se ocupa de lo suyo; el erudito se ocupa de lo suyo y el artista, también de lo suyo. El comerciante, de lo suyo; el difamador, de lo suyo; el intrigante, de lo suyo; el holgazán –no menos atareado-, cómo no, de lo suyo, y así sucesivamente. Cada uno se ocupa de lo suyo en este juego cruzado de lo múltiple que es –aparenta ser- la realidad.

Sentado aparte o deambulando como un león enjaulado, recogido en sí mismo, el iniciado, aguarda solitario -entre temores y temblores-, probado y sumido en la tribulación. Encadenado al Eterno o por el Eterno, termina prisionero de sí mismo. Y, sin embargo, aquel cautiverio resulta del todo sorprendentemente y maravilloso… hasta que llega la hora de instalar en la “realidad” aquello por lo que se ha sufrido en la tribulación.



¿Quién tiene ganas de ser iniciado? Quienquiera que –como el maestro de Aristocles- transite la ingratitud de estos caminos, con el amargo sabor del cianuro en los labios, ten por seguro que no ha sido llamado. No hay ninguno de los iniciados que no haya preferido evadirse y extraviarse en “lo suyo”, que como un niño no haya pataleado y rogado por sí mismo, en vano, pues no sirve de nada: “Tu ya no puedes volver atrás”, hay que seguir adelante .

Es entonces cuando tienes la certeza de que, en cuanto des el “primer paso” y te asomes al abismo, surgirá el horror. El que no ha sido llamado, en el momento en que surge el horror, se angustia tanto que retrocede. El iniciado, estremecido ante el horror y al darse la vuelta para escapar, ve un espanto aún mayor, verdadero “maestro de disciplina”: el espanto de la tribulación.

No se puede atemorizar al iniciado, tan lleno está del temor de Dios. Da lo mismo que lo ataquen, lo odien, lo maltraten o maldigan. Aquellos que le aprecian, le amonestan diciendo: “Basta ya, te haces y nos haces infelices, no acrecientes el horror, retráctate, no escribas más, detén tu palabra”. Es cierto, la iniciación es algo inquietante.

¿Cabe elección entre el desorden del tumulto y alboroto exterior y aquel otro que se esconde en la extinción, en quietud de la muerte? Mis escritos y reflexiones están dirigidos a despertar en quién los lea para sí –o mejor “en alto”- el veneno de una inquietud que acabe definitivamente con este último desorden, permitiendo en el atento examen de sí mismo, la magia prodigiosa de la interiorización.




A diferencia del sencillo sabio ateniense, y carente de cualquier autoridad, no hay en mí ningún deseo de ser mártir -testigo de la verdad-, ni afán heroico alguno por cambiar las cosas o reformar lo establecido. Renuncio a la bienaventuranza. Tal es mi cobardía que en modo alguno soy el indicado. Me conformo humildemente con procurar esa suerte de inquietud que concierne al enamoramiento y conduce a la introspección. Como la iniciación, todo enamoramiento es inquietante. Pero –sobre todo si es verdadero- no conlleva con él la ocurrencia de transformar la realidad ni siquiera cambiar un ápice el estado actual de las cosas. Al fin y al cabo, también a los transformadores les espera la muerte.

Sumidas en un agotador y narcisista juego de virtualidad e intercambio de identidades en saraos discretos, y todavía presumiendo de mantener la pose chic e irreverente de los “elegidos”, parece que algunos pseudo-iniciados confunden la libertad iniciática con poder dar rienda suelta al ego parlanchín en connivencia con otros egos parlanchines, sin otro afán que el de ir a lo suyo, salirse –una vez más, y otra y otra- con la suya.

El problema es que, en realidad, uno sólo “cree” convertirse en otro por la acción y dentro de una perversa estructura programada de antemano, mediante un comportamiento dirigido de manera casi imperceptible. La consecuencia de todo ello, el fin y el final de este juego interactivo de identidades “pseudoiniciáticas” es la pérdida de la propia identidad – que probablemente es lo que se buscaba desde el principio. Por lo tanto, esa inquietud introspectiva, marchamo y sello de autenticidad, permanece de todo punto ausente.




Pese a su contrastada seriedad vital, aquel sabio sencillo ateniense -que en su día ilustró las almas de los atenienses y en sus noches calentó el lecho de la friolera y colérica Xantipa- no dejó ningún escrito –digamos que en nuestros días, estaría académicamente muerto. Sus pensamientos e ideas fueron elaboradas por sus discípulos, incluido aquel traidor de anchas espaldas.

No era la primera vez que Atenas se había mostrado ingrata con sus iniciados. Podemos recordar la multa de 50 dracmas impuesta a Homero por  considerarlo loco, la condena por herético a Anaxágoras en época de Pericles, sin olvidar la intencionada exclusión de Aristocles de los escritos de Demócrito y Homero en el ideal de estado propuesto en “La República” o el perverso parricidio espiritual cometido con un anciano Parménides.

Los ciudadanos acabaron arrepintiéndose de la injustica cometida y los insignes fiscales que, por una broma del destino, acabaron convertidos a su vez en chivos expiatorios. Anito murió en el exilio. De Licón nada se supo y Melito fue condenado por calumniador. En esa oportunidad los atenienses no apelaron a las virtudes del conium maculatum sino a la expeditiva lapidación del oscuro e indigno poeta.




Regresemos a la escena final del Fedón ¿Quién querría ahora beber de un charco en el camino después de haber redescubierto “el vino” de la íntima bodega? Hoy, como ayer, resguardados en la esperanza renacida de un nuevo amanecer, sólo nos cabe gozar en soledad de la caricia de los recuerdos, con la mirada dolida del amante olvidado. Nunca hay demasiado silencio. No podemos seguir perdiendo un tiempo tan escaso como precioso, con la excusa de buscar, sin hallarlo, el “oro verdadero”. No queda otra opción. En lugar de proseguir buscándolo, habremos de concentrar todo nuestro esfuerzo en ser nosotros mismos ese “oro” que un día aguardábamos encontrar, no hay más cachavas.

No basta con mirar al espejo. Eso es insuficiente. Por más que nos duela, hay que reconocerse en él. Después de todo, la iniciación es una cosa inquietante. Eso parece claro. El dolor de toda separación no es sino el profundo anhelo del corazón por el Eterno. Es el alma sufriente la que reúne al fin amante con Amado. Seamos serios. Bendecidos por el cálido aroma del conium maculatum prendido en el bigote y la barba, apuremos, pues, serenamente la embriagadora poción, sintamos en nuestros labios el elixir benefactor, el sabor mortal de su misericordioso veneno.




Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,

volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.
(Juan de la Cruz, Coplas a lo divino)